domingo, 18 de enero de 2009

誰も知らない (DAREMO SHIRANAI) NOBODY KNOWS



Sumilla

Una madre ilusionada en rehacer su vida con el fin de encontrar la tan ansiada felicidad al lado de un hombre que la proteja y sus cuatro hijos provenientes de diferentes padres, recrean de una manera sutil y diáfana los prejuicios sociales a los que se encuentran expuestos los niños en la sociedad japonesa a través de una mirada intimista. Se construye de este modo en la película un universo infantil que se va transformando conforme pasan las estaciones, desde la estación de otoño a la del verano, en el transcurrir de un año. Estos cuatro niños deben pasar desde la candidez y el apego a la figura de la madre, hasta la desilusión total y el hartazgo de tener que convivir en la miseria y la vergüenza. Sin embargo, son estos «hermanos» los que irán descubriendo sus cualidades más íntimas, en su lucha por tratar de seguir siguiendo una «familia unida». Akira, Kyooko, Shigeru y Yuki junto a otros niños como Saki serán los protagonistas que intentarán encontrar soluciones a las desventuras que les toca vivir diariamente. Con ellos descubriremos a la sociedad nipona en su peculiar forma de relacionarse con los niños, tanto desde una «perspectiva vertical» desde el mundo de los adultos, como desde la «horizontalidad» aparente de la misma niñez. «Nadie lo sabe» es el susurro desesperado de los niños dejados a su suerte en cualquier lugar del mundo.

INTRODUCCION

Sin ánimo de generalizaciones dramáticas, como a las que nos tienen sometidos los medios de prensa sensacionalistas, pensar en el abandono infantil en una ciudad como Lima es sin lugar a dudas sinónimo de niños entre los cinco a los quince años o más viviendo en grupos, que se asemejan más a tribus que a reunión de amigos, consumiendo drogas, dedicándose a la delincuencia y a la prostitución. Esta imagen que en sí misma lleva implícita toda la sordidez de lo que esa vida conlleva, se relaciona a su vez con toda una red de individuos (el mundo adulto) que los explotan, extorsionan y oprimen hasta acabar con su autoestima o capacidad de reacción en busca de una vida diferente.

Por otro lado, imaginarnos el abandono en un país como en el Japón puede resultarnos hasta increíble dentro de la idea de país desarrollado y tecnificado que tenemos de él. El presente trabajo no busca resaltar la miseria en la que deben convivir los niños que son abandonados sino la forma cómo viven su niñez en un medio hostil, recreando lo adverso, interpretándolo e intentando seguir adelante sin saber en muchos casos para qué.

UN NUEVO CONCEPTO DE FAMILIA: MEDUSA

Keiko madre de cuatro niños de diferentes edades y padres no se ha dado por vencida ante la idea de encontrar a su hombre ideal. En efecto, el tener precisamente esos cuatro hijos demuestra que en su vida los hombres fueron experiencias que dejaron en cada intento un hijo que no era esperado ni tampoco percibido por sus padres como el símbolo de la unión familiar. En este caso parece que el nacimiento de un hijo no implica la constitución de una familia con un padre que se convierte en el encargado de la protección y mantenimiento y una madre a su vez, ocupada del cuidado emocional y el equilibrio del microcosmos del hogar. Keiko con su actitud, después de abandonar o ser abandonada en cada relación, asume sucesivamente el reto de vivir sola con sus hijos e intentar ser feliz junto a ellos, no obstante, ilusionada con la idea de encontrar a un hombre que la quiera y los acepte a ellos también como sus «hijos».

Entre el nacimiento de cada uno de sus pequeños ella se ha convertido en el único soporte y vínculo con el «mundo del afuera» para ellos. Ella es la que provee el soporte económico necesario para cubrir las necesidades básicas y la que ha sabido hasta el momento sortear la necesidad que van manifestando sus hijos, como por ejemplo el querer educarse como otros niños de su misma edad. Las frustraciones de Keiko son la justificación para sus actos, el desdén que tiene por la educación refleja en algún sentido su decepción ante la que ella recibió y lo que ha debió padecer en ella . Se ha convertido para sus hijos en la única cabeza y ellos en sus extremidades. Con su actitud se ha autoexcluido de la convención social convirtiéndose en una paria, en un «monstruo» social de la misma manera que la cabeza de medusa representa lo que no se quiere ver, aquello que nos petrifica, al reconocer que no somos tan diferentes a ella. La cabeza debe ser mutilada para evitar el horror social que produce, dejando al resto de su cuerpo moribundo y a su suerte.

Keiko ha aprendido bien su papel y a «fingir». Lo hace frente a la pareja que le alquila el nuevo departamento. Ante los ojos de ellos debe aparentar ser una madre «normal» y para ello hará cómplice de su «actuación» a Akira, su hijo mayor. Crea toda una historia acerca del trabajo del padre en el extranjero, lo cual justifica que la mayor parte del tiempo vivan la madre y el hijo solos. Al mismo tiempo le ha construido a Akira la imagen del hijo responsable, ordenado y aplicado en el colegio, al que paradójicamente nunca a asistido. El contraste entre el mimetismo y recelo hacia su verdadera vida y la exhibición «naturalizada» de la pareja de arrendatarios, entre quines hay muchos años de diferencia, muestra una señal de la escala de valores en la que se moviliza la sociedad nipona en su forma cotidiana, al mismo tiempo que la reproducción de modelos que forman parte constitutiva de su imaginario como la preocupación excesiva por los animales antes que por los personas.

Keiko, cabeza de medusa, intenta la reunión de sus partes, la re-construcción de esta «anormalidad» marginada por la sociedad y por la cual ella se ve obligada a ocultarlos. Una vez que llega el camión de mudanzas serán nuevamente cómplices Akira y su madre del nerviosismo y la ansiedad ante las maletas que esconden a los miembros más pequeños del clan. Sus apariciones muestran la espontaneidad y candidez de la niñez. Al salir de las maletas, tanto Yuki como Shigueru muestran su disgusto con una sonrisa dejando en segundo plano todo el temor, angustia y asfixia que sintieron por el calor. Todo ello forma parte de la aventura del grupo, del secreto que comparten y que durará mientras la madre siga en pie sin lamentaciones ni dudas. Ya entrada la noche solo quedará recoger a Kyooko, la hermana mayor, en la estación del tren más cercano, para que entre junto con Akira sigilosamente al nuevo departamento.

La idea que tenemos acerca del abandono toma un cariz distinto bajo el lente de Koreeda. Este recrea una atmósfera de completa armonía donde predomina una relación bastante horizontal entre la madre y los hijos, dejando de lado el prejuicio de que la familia se debe constituir necesariamente bajo el amparo de la figura del padre. En este caso extremo nos muestra por el contrario cómo los niños asumen sus distintos roles desde sus propias perspectivas en relación a su edad y sexo.

La primera cena y única en toda la película en la que estarán reunidos todos sus miembros alrededor de la mesa, muestra el ritual del pacto y el compromiso en cumplirlo por todos dentro de una atmósfera de juego y confianza. Nuevamente la cabeza, la madre, será quien señale las pocas reglas a seguir: (1) No hablar en voz alta (2) No salir a la calle ni al balcón (3) Kyooko se encargará de lavar la ropa (4) Akira del cuidado de todos sus hermanos. Todos se reconocen en las reglas y se encuentran familiarizadas con ellas ya que no es la primera que deben vivir de ese modo. Lo inusual se convierte en lo convencional para ellos. Lo anormal forma parte de la normalidad en la vida de estos «cuatro hermanos».


LA PEQUEÑA FAMILIA O LA ANARQUIA DE LO LUDICO

Una vez que Keiko decide por cuenta propia arriesgarse en una nueva aventura amorosa en busca de la felicidad representada por la seguridad económica y el cariño que anhela, Akira se convierte nuevamente en su confesor. Le muestra su insatisfacción y hartazgo de todas las veces que le ha repetido la misma historia. Luego de la última cena, en una escena íntima en la que la madre llega de madrugada con unas copas de más trayendo sushi a sus hijos y en los que se descubre que cada uno de ellos es de diferente padre, solo quedan de ella una nota y algo de dinero que deberán administrar intuitivamente Akira y Kyooko.

Los niños inician su desesperado aprendizaje sobre cómo hacer las compras, pagar los recibos de la luz, el gas, el agua y el teléfono, mientras que la imagen de la madre se desvanece lentamente. Ella desaparece sin decir dónde estará ni cuándo regresará. Akira sigue cumpliendo como mediador del mundo público y el privado de la casa. Es él quien se preocupará de traer las provisiones a sus hermanos, de conseguirle el chocolate que tanto le gusta a Yuki, quien correrá en busca de un palto de sopa para su hermano, entre otras situaciones. Cuando el dinero comienza a escasear Akira sale y se moviliza por la ciudad, toma el tren y va en busca de los proveedores auxiliares o esporádicos, aquellos que solo se relacionan con sus hijos por medio de las imágenes. Busca a dos hombres que hacen trabajos bastante comunes como ser taxista o un empelado de una tienda de juegos de pachinko. Los dos muestran esa actitud de indiferencia hacia la situación de Akira y sus hermanos, pero este no se amilana hasta conseguir su objetivo: el dinero. Bromea con ellos, les sigue la corriente, les dice lo que quieren oír a pesar de que sea lo más repulsivo que haya oído, como la escena en la que uno de ellos le pregunta si Yuki se parece a él o en la otra en la que el segundo le dice que Yuki no es su hija porque cada vez que se acostaba con su mamá se colocaba el condón.

Los niños comienzan a aburrirse de la vida dentro del departamento. Su pequeño universo se vuelve estrecho y carente de sentido una vez que la madre desaparece de sus vidas. Las reglas que estaban vigentes se renuevan y cada uno reinicia la exploración del espacio según sus temperamentos. Shigeru que tenía prohibido salir al balcón está constantemente tentado a hacerlo hasta sobrepasar la barrera imaginaria que se lo impedía, Yuki tratando de alcanzar lo inalcanzable en los estantes del departamento con la ayuda de una silla y finalmente, Kyooko perdida y deprimida, se vuelca a la oscuridad y protección que le da el armario donde guardan las mantas para dormir. Penden de un hilo, se sienten completamente solos cuando de pronto viene la última ráfaga del frío viento de invierno. La madre les hace una visita corta para navidad cargada de obsequios para cada uno de ellos, luego vuelve a desaparecer para siempre después de prometerles volver para las fiestas de año nuevo.

El rompimiento de la promesa, la desilusión de aquello que representaba la madre, el orden, el deber y el cumplimiento con las normas sociales se desbaratan y surge la necesidad de ser niños y de responder cada uno, a sus impulsos inmediatos, en medio de la desolación y el abandono. Akira quien tiene el privilegio forzado del acceso al mundo exterior se hace de nuevos amigos a los que conoce en la calle, de quienes aprende el mundo de los video juegos. Junto a ellos romperá la intimidad de su departamento ante la actitud hierática de sus hermanos, luego de comprar un video juego con el dinero que tenían ahorrado. El ingreso de los «extraños» con sus nuevos códigos quiebra el endeble equilibrio pactado entre los hermanos y se inicia un proceso de resentimiento recíproco y distanciamiento silencioso entre ellos.

Los «extraños» imponen las viejas reglas con las cuales suelen vivir los niños en los colegios, donde existen jerarquías, abusos y relaciones estrategias para no estar del lado de los débiles. Sin embargo, los hermanos de Akira no las reconocen. Este en su deseo de pertenecer a un grupo fuera de su familia, hará todo lo posible para ser aceptado, a pesar de que deba colocarse en una situación sumisa frente a los abusos que esos amigos cometen en perjuicio de su hermano Shigueru. Sin embargo, la relación con estos niños durará en tanto Akira obedezca las órdenes de quien dice ser su amigo. La escena del robo en la tienda y luego la orden del líder del grupo hacia Akira incitándolo a que lo imite en el robo, demuestra la dinámica en la que se encuentran todos los niños mediante sus interacciones. No hay connotación moral sino tan solo la necesidad de sentirse que se responde a alguien, que existe otra persona que está pendiente de sus actos. Como sucede en «el Señor de las moscas» del escritor inglés William Golding los niños luego de desarrollar sus propias reglas se dividen y confrontan hasta las últimas consecuencias.

Una vez que Akira deja de importarle las responsabilidades a las que se veía sometido por un sentido del deber impuesto, los otros también desarrollan sus propias capacidades. Shigeru sale a las calles a buscar monedas olvidadas en los teléfonos públicos, y a buscar con quien jugar con su robot. Se enfrenta a Akira en un oportunidad por esa misma razón sin temor alguno. Kyooko se abstrae cada vez más y se refugia en su intimidad y desánimo. Yuki pinta sin descanso dibujos que la ayudan a mantener los recuerdos que aún puede conservar como el dibujo de su madre. La imagen de sus manos pintando sobre los recibos vencidos con sus crayolas a punto de desaparecer muestran desde el mundo infantil el desgaste que padecen a través del tiempo.

Akira se encuentra cansado de «fingir» ante sus hermanos que su madre no los ha abandonado y que volverá. Su último intento fue el de hacer los sobres de año nuevo con una propina para cada uno de ellos. Después de eso buscará su propio camino. Kyooko dejo de lavar la ropa porque todos los recibos se vencieron y no hay de donde sacar más dinero para pagar los gastos de la luz y el agua. Se vive a oscuras, sin bañarse en la inmundicia y el abandono. Sin embargo, todos continúan su vida diaria intentando sobrevivirse a sí mismos, a sus inseguridades y decepciones.

WABI SABI. UNA FORMA DISTINTA DE SER FAMILIA

Con la llegada del verano nos encontramos con una familia completamente distinta en la película. Ya perdieron todo el pudor y la vergüenza a ser vistos deambulando por el parque para recolectar agua o usar el baño público que se ubica en ese lugar. Akira está más curtido por el tiempo y sus hermanos se muestran más relajados en sus movimientos y acciones. Juegan, corren, ríen, disfrutan del sol y soportan pacientemente el terrible calor y las carencias a las que se encuentran expuestos por la falta de agua y luz principalmente. En ese momento se suma un nuevo miembro al grupo, alguien que se siente relegada y marginada como si se encontrara al borde de un abismo. Sakichan es la niña que aparece desde el comienzo de la película en forma tangencial. Su primera aparición es una noche en un puente cuando Akira que regresa de sus compras se detiene a observarla. La segunda es cuando otras niñas de su colegio le hacen un altar como si estuviera muerta. Y es en la tercera, en este verano caluroso en donde entabla conversación con Shigueru y termina convirtiéndose en parte de la vida de los hermanos Fukushima.

Sakichan es el primer amor de Akira quien comienza a descubrirse en solitario, es la mejor amiga de Kyooko compartiendo sus soledades, y se convierte en una hermana mayor tanto para Shigueru como para Yukichan. Esta última será quien le insista a Akira en saber dónde está Saki cuando estos dos se separan luego de que ella consiguiera el dinero acompañando a un adulto a un karaoke para conseguirles dinero y que pudieran tener que comer.

Cuando Akira se siente traicionado y decepcionado por Saki arrojándole el dinero el dinero que ella les consiguió se quebró algo en él. Su disposición y sentimientos hacia sus hermanos. Se vuelve más irascible y su lenguaje se torna completamente agresivo e hiriente. En su intento por escapar del hogar asfixiante que lo absorbe sin cesar por la pasividad y desánimo de Kyooko, el engreimiento de Yuki y la rebeldía de Shigueru, recordemos la escena en que este está comiendo trozos de papel y Akira sale a comprarle un plato de sopa, decide alejarse de ellos logrando finalmente su gran sueño de niño jugar al béisbol. Por una casualidad el entrenador del equipo del colegio lo invita a participar de un partido porque le falta un jugador teniendo Akira su encuentro más cercano con la figura protectora de un padre.

En medio del sueño de Akira paralelamente el destino les tenía preparado un juego macabro en el cual la protagonista resultaría siendo la más débil e indefensa de los hermanos, la pequeña y cándida Yuki. Nada en esta escena resulta claro ni real. Todo se convierte en un juego de imágenes sútiles de la mano inmóvil de Yuki, las miradas absortas de los hermanos, luego la desesperación de Akira frente al teléfono, y el rituo mortuorio a la manara de la familia Fukushima, es decir, desde la visión de estos pequeños que tienen que asumir retos inesperados e incompresibles.

A la manera del sabi wabi propio de la cultura japonesa toda la atmósfera que rodea a la muerte es de completa ambigüedad porque no sabemos exactamente qué sucedió, de sentimientos contenidos pues nadie vierte una lágrima por la pequeña, de decadencia, melancolía y desgaste, porque todos se sienten demasiados golpeados para reaccionar. La familia se convierte en cómplice de la muerte y Saki al compartir esta experiencia ritual a la manera de un ritual de iniciación ingresará en el seno de la pequeña comunidad. Será la acompañante y confidente del hermano-sepulturero quien en último intento de complacencia la llevará a donde le prometió algún día llevarla. El aeropuerto de Haneda.

Luego del entierro, de las manos temblorosas de Akira, de su confesión ante Yuki acerca de las náuseas que le produjeron ver el cuerpo inerte de su hermana, se los ve regresando en el monorraíl, símbolo de la modernidad, de la occidentalización, del desarrollo de la sociedad japonesa en su conjunto. En medio de esos asientos impecables dos niños con caras manchadas, con ropas sucias y con las miradas perdidas teniendo como fondo el paisaje de rascacielos de la ciudad de Tokio. ¿Quién se imaginaría encontrar niños así en el Japón? La letra de la canción que acompaña esta escena resume de algún modo la forma como estos niños se sienten en medio de la indiferencia de los demás. Son como joyas sucias a las que nadie presta atención dice en parte del coro. Son como aquellas plantitas que se encontraron en el camino entre una grieta en el pavimento. Una suerte de accidente, de belleza silvestre a la que solo prestaron atención ellos e intentaron reproducirla en su hogar, colocando cada uno su nombre a las semillas que plantaron esperándolas verlas crecer.

Al final solo quedar seguir adelante, recogiendo los alimentos vencidos del supermarket, recolectando el agua del parque, buscando monedas en las cabinas de teléfono, compartiendo las responsabilidades, es decir, viviendo como una familia, aunque «nadie lo sabe».

Carlos Young

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