
La voz de la montaña
山の音
(El sonido de la montaña)
A diez años de finalizar la Segunda Guerra Mundial Naruse nos entrega este film que continúa con la reflexión cinematográfica de otros directores de su generación. Se sostiene como lo hicieron otros también en una obra literaria de Kawabata con el mismo nombre.
La sociedad japonesa en general vivió un gran desequilibrio después de la rendición ante EEUU en 1945. La desilusión de saber que su emperador no era una divinidad sino un simple mortal, desempleo, pobreza, familias desintegradas, viudas de guerra, huérfanos, vagabundos, desquiciados, son parte del escenario de las calles.
Posterior a las dos bombas atómicas los japoneses se vieron subordinados a un gobierno provisional militar dirigido por el General Mc. Arthur como Comandante Supremo de las Fuerzas Aliadas en el Japón. El ingreso de los norteamericanos también significó la introducción de elementos culturales e ideológicos dentro de los cuales destaca el desarrollo industrial y tecnológico.
En esta obra apreciamos la construcción de un país próspero, industrializado, moderno, es la meta hacia la que se direcciona todo el país, pero sin lugar a dudas no es el momento que viven en las calles de Tokyo a solo diez años de Hiroshima y Nagasaki.
Las costumbres tradicionales se ven en contraposición con una nueva forma de “vivir” por parte de las nuevas generaciones como lo ejemplifica perfectamente Shuichi el esposo de Kikuko. El matrimonio que ellos representan es “insostenible” porque las costumbres han cambiado. La modernidad y el ingreso de ideas liberales plantean nuevos dilemas a la infidelidad marital y la búsqueda de opciones por parte de las mujeres para liberarse de las ataduras convencionales del matrimonio o los compromisos como lo hace la viuda de guerra.
Kikuko representa a la “última mujer japonesa” y es por ello que el viejo padre de Shuichi, el Señor Shingo encuentra en ella toda la sutileza y gracia propias de la belleza de una mujer a pesar de ser su nuera. La relación entre ellos es ambigua, y por ello bella, existen sentimientos entre ambos que al parecer son filiales, sin embargo, el Señor Shingo también expresa favoritismo y tratos diferenciados hacia su nuera Kikuko que se vuelven más notorias con la llegada de su propia hija quien acaba de abandonar su hogar con dos hijas pequeñas porque ya no soporta a su esposo.
La vida pública es el espacio de lo “prohibido” , de lo que “no se ve”, donde Shuichi encuentra la manera de aplacar su insatisfacción marital con otras mujeres. El planteamiento de Naruse es sugerente en este sentido pues intenta mostrar la manera en que las mujeres están pensando, sintiendo, actuando y decidiendo sobre sus vidas. Rompe así con la imagen idílica personificada en Kikuko para mostrar los “otros rostros” del Japón desde la femineidad.
El cuestionamiento que surge de la empatía del viejo Shingo hacia Kikuko por el trato “cruel” que le da su propio hijo hace también hablar a su esposa. Vuelven a salir los demonios del pasado, las cuentas sin saldar porque ahora los tiempos han cambiado y ella aprovecha en decirle las cosas que nunca dejó de pensar en su juventud. El viejo Shingo metáfora del Japón clásico se siente abatido y sin fuerzas para enfrentar todo el torrente de cambios que avizora aproximarse dejando que las cosas fluyan sin cesar.
Una de las escenas que rescato en la que se muestra a mi parecer el wabi sabi del film es aquella en la que el viejo Shingo vestido con su ropa de casa (un traje tradicional japonés) se encuentra fumando en su habitación con la puerta abierta mientras su esposa ronca. Regresa a la cama e intenta leer sin conseguirlo hasta que finalmente decide apagar las luces y dormir.
Carlos Young
